Alias La Quica

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Asi Quedó Entre Rejas Alias La Quica

El 27 de noviembre de 1989, por la mañana, un avión a reacción de Avianca, que transportaba a 107 pasajeros, entre ellos dos estadounidenses, partió de Bogotá (Colombia), en vuelo rutinario a Cali, 190 millas al suroeste. Mientras el Boeing 727 se remontaba sobre la ciudad, el hombre que ocupaba el asiento 15F apoyaba sus pies contra un maletín que un amigo le había solicitado que le llevara a alguien en Cali.

El maletín contenía un receptor de radio y el pasajero había recibido instrucciones para oprimir un botón del mismo cuando el avión hubiera completado la maniobra de ascenso.

El pasajero ignoraba por qué tenía que efectuar una operación tan sencilla, pero se prestó porque le pagaron bien.

A los pocos minutos de estar el avión en el aire, él abrió el maletín y oprimió el botón que le habían indicado. En la cabina, el piloto oyó algo así como una explosión ensordecedora. Sintió que el avión se estremecía e instintivamente redujo la velocidad del acelerador. Una pequeña explosión se había presentado en la sección media del avión, donde las alas se articulan con el fuselaje. El impacto resquebrajó la pared exterior del avión y un depósito de combustible debajo del piso. Una bola de fuego se extendió por los asientos delanteros, envolviendo a los pasajeros. El intenso calor inflamó al instante los fluidos corporales e hizo estallar los cráneos.

 

Falto de oxígeno, el fuego botó gases calientes que inundaron la cabina. En menos de un minuto, alcanzaron el punto de ignición y se prendieron, volviendo añicos el avión.

A medida que este se desintegraba, iba diseminando cuerpos, equipajes y partes de sí mismo, a lo largo de tres millas. Ninguno de los pasajeros o de la tripulación sobrevivió, y tres personas en tierra murieron al caer sobre ellas restos del avión.

Asi Cayó Alias La Quica

Poco después, un hombre telefoneó a una estación de radio en Bogotá y declaró que Los Extraditables, miembros del cartel de Medellín, habían hecho explotar el avión. Según él, las víctimas que constituían el objetivo principal eran dos informantes de la Policía que habían traicionado al jefe del cartel, Pablo Escobar. El FBI investigó el estallido y concluyó que una bomba había explotado debajo del asiento 14F. Las sospechas se concentraron sobre el cartel, pero no se arrestó a nadie.

Casi dos años después, el 24 de septiembre de 1991, Cheryl Pollak, procuradora asistente para el Distrito Oriental de Nueva York, recibió una llamada urgente de un funcionario de la agencia para la represión de la droga (DEA) con el objeto de solicitarle autorización para efectuar un arresto en su jurisdicción. Un colombiano llamado Dandeny Muñoz Mosquera, presunto asesino del cartel de Medellín, se encontraba en la ciudad de Nueva York para una misión desconocida, al propio tiempo que el presidente Bush y otros dirigentes mundiales llegaban para dirigirse a las Naciones Unidas. La DEA había averiguado que Muñoz Mosquera estaría en una cabina telefónica de Queens, el día siguiente. Pollak informó al funcionario que la DEA podía interrogar a Muñoz Mosquera pero que no podía arrestarlo, puesto que no había pruebas de que hubiera quebrantado ninguna regulación estadounidense.

Seis agentes de la DEA localizaron una cabina telefónica en la esquina de la calle 103 con el Bulevar del Norte, y permanecieron a la expectativa la mayor parte del lluvioso día. Cuando Muñoz Mosquera y tres compañeros llegaron, los agentes sacaron sus pistolas y los rodearon. Los obligaron a acostarse en el pavimento sobre sus estómagos mientras que los requisaban en busca de armas. No encontraron nada, pero Muñoz Mosquera llevaba consigo los que resultaron ser documentos falsos. Cuando se le quiso identificar, negó ser Dandeny Muñoz Mosquera. Mentir a un funcionario oficial y poseer papeles de identidad falsos son delitos. Muñoz Mosquera fue detenido y, posteriormente, condenado.

En el período anterior a su juzgamiento, Pollak y un grupo de agentes descubrieron que Muñoz Mosquera, con 26 años entonces, era jefe de seguridad del cartel de Medellín. Se le consideraba la mano derecha de Escobar. La Policía de Colombia lo había vinculado con el asesinato de más de 50 agentes de Policía, jueces y otros funcionarios, y con el de un candidato presidencial: una carrera criminal que había empezado a los 12 años. La Policía colombiana experimentaba pánico ante él y le pidió encarecidamente a Pollak que lo mantuviera preso en los Estados Unidos.

Portar documentos de identidad falsos y mentir a un funcionario federal acarrea términos máximos de uno y cinco años de prisión, respectivamente. Como delincuente por primera vez, y como extranjero, Muñoz Mosquera normalmente habría pasado seis meses en la cárcel, y luego habría sido deportado. Pero Pollak había recopilado información suficiente sobre las actividades de Muñoz Mosquera en relación con la droga para que el juez le impusiera el máximo reglamentario de seis años de prisión, acción extraordinaria tendiente a dar al gobierno el tiempo necesario para poder respaldar un proceso en su contra. Fue remitido a la prisión de máxima seguridad de Marion (Illinois), en tanto que Pollak se dedicó a recopilar pruebas para mantenerlo allí por el resto de su vida.

El primer testigo Cuánta cocaína transportaba usted en cada uno de los vuelos para Pablo Escobar ? Hasta 500 kilos.

Qué utilidad obtenía con cada cargamento? Creo que de millón y medio a dos millones de dólares.

Jimmy Ellard, bigotudo y apuesto texano, contesta clara y concisamente cada una de las preguntas que formula Pollak. Es el 19 de octubre de 1994. Vestido con botas de vaquero y jeans intencionalmente arrugados, con lustre de poliéster, Ellard es un ex piloto de la Fuerza Aérea y ex funcionario de la Policía de la Florida que en cinco años se ganó 25 millones de dólares llevando por vía aérea cocaína a los Estados Unidos. Ahora, con breve permiso de su residencia en una prisión federal, es el primero de varios testigos claves de cerca de 35 que serán llamados finalmente a declarar contra Muñoz Mosquera por sindicación de narcotráfico, asesinato y terrorismo, incluyendo el atentado dinamitero contra el avión de Avianca cinco años antes. El proceso segundo con estos cargos comenzó algunas semanas antes, en la Corte Federal de Cadman Plaza, en Brooklyn, a la vista de las torres del Puente de Brooklyn. El primer proceso contra Muñoz Mosquera, efectuado antes en el mismo año, fue al fin anulado.

Fiscal principal en ambos juicios, Pollak cruza los brazos en el estrado. Formula las preguntas con voz uniforme, desprovista de drama o emoción. Ella ha copiado cada pregunta en un grueso cuaderno de hojas sueltas que permanece abierto en el estrado. En el margen, al lado de cada pregunta, está la respuesta esperada. Ella tiene fama de preparar las cosas meticulosamente, y de ser dura. En el momento de pronunciar su fallo cierta vez, el juez pareció ceder ante los ruegos de una llorosa mujer que, condenada por traficar con heroína, pedía clemencia por el bien de sus pequeños hijos. Pollak, quien normalmente no habla al producirse el veredicto porque se presume que el juez ya ha decidido el castigo, se incorporó colérica. Le recordó al juez que allí no había quién llorara por todos los niños que se ven afectados por la heroína. A la mujer la sentenciaron a 24 años, que ella merecía, según Pollak.

Con un traje plateado gris, y con una blusa de cuello cerrado, Pollak irradia el difuso aroma del jabón Marfil. Sostenida por un pasador, una flotante onda de cabello castaño se desliza por un costado de su cabeza. Tiene puestos los zapatos de testimonio triple : un par de zapatos de tacones altos. Con medias, pero descalza resulta bajita, 1, 52 metros de estatura.

Sentada en la mesa directiva está la fiscal auxiliar Beth Wilkinson. Cuando Pollak le solicitó que colaborara en el caso, ella no sabía que Wilkinson era también egresada de Princeton. Es ta, que tiene cabello espeso y oscuro, voz recia y sonrisa amplia, combinó la danza moderna con el centro de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva, en Princeton, antes de ingresar a la facultad de derecho de la Universidad de Virginia. Sus ojos abarcan la sala del tribunal, al tanto de cualquier problema que pudiera interferir el ordenado desarrollo del caso. A menudo, no espera que el abogado defensor, o en este caso el juez, acaben de hablar, para saltar de su asiento y golpear el aire con un dedo a fin de refutar un punto.

Qué es La Nápoles?, pregunta Pollak a Ellard, encaminando al testigo a la época en que por primera vez conoció al reo.

Una finca muy grande en las afueras de Medellín, Colombia, propiedad del señor Escobar, dice Ellard, con la formalidad del negociante que se refiere a un cliente. Describe la hacienda de 8.000 acres que le sirvió a Escobar de cuartel general: el portalón de blancas columnas en cuya cima aparece el primer avión que Escobar utilizó para contrabandear cocaína, los huertos con tilos y limoneros, los potreros llenos de ganado, los torreones de vigilancia, el zoológico que incluía elefantes y aves exóticas, y el complejo interior rodeado por una cerca de 4,87 metros de altura, donde Escobar con su numerosa familia vivían acompañados por sus escoltas. La vida giraba en torno de la piscina. Allí era donde los guardaespaldas de Escobar comían, y donde jugaban cartas, video y pool . Uno de los guardaespaldas que parecían más próximos a Escobar aparentaba ser un chiquillo en 1987, cuando Ellard lo vio por primera vez. Se llama Dandeny Muñoz Mosquera.

Mientras que Ellard declara, el reo, sentado en una mesa a través de la sala del tribunal, mira impasible al frente. Se vale de audífonos que lo conectan con una mujer que está cerca del banco del juez, traduciendo el testimonio al español. Muñoz Mosquera no acepta que sabe inglés ni que conoce a Ellard, o a cualquiera de los demás testigos. Cuando se desplaza hacia el asiento que se le ha asignado, o desde éste, se mueve con un garbo que da la impresión de que pudiera saltar de la sala sin esfuerzo en unas cuantas zancadas. De contextura y estatura medianas, nada cómodamente en su chaqueta gris cruzada, y sus pantalones se ensanchan en la parte superior de los zapatos. Entre su ropa de mayor tamaño, luce infantil, como un ladronzuelo sorprendido esculcando bolsillos o vendiendo marihuana. Al ser arrestado en Queens, se estremecía y sollozaba, incapaz de controlarse. Sus primeras llamadas telefónicas fueron para su madre, en Colombia.

Uno de los abogados defensores se inclina sobre Muñoz Mosquera y le dice algo en voz baja. Sus oscuros ojos escuchan. Sonríe tímidamente. La sonrisa es atractiva y comprometedora, pero sus ojos tan negros y vacíos como el doble cañón de una escopeta lo traicionan. Un testigo los ha llamado los ojos de un insaciable asesino.

Ellard prosigue y describe una fotografía que Escobar y Muñoz Mosquera le habían mostrado en cierta ocasión. Era una instantánea Polaroid de tres informantes. Había los cadáveres de tres hombres. Habían sido desollados vivos. Les habían arrancado los testículos y cortado la garganta. Le pregunté a Escobar, Qué clase de persona le haría esto a otro ser humano? Escobar miró a Muñoz Mosquera. Este también lo miró, y sonrió. Punto final.

El cuerpo de Muñoz Mosquera es suelto, pero sus dedos se mueven constantemente, tamborileando sobre la mesa, o jugueteando con un bolígrafo o con los audífonos. Dos severos policías judiciales se sientan detrás, sin perderlo de vista. Cuando él se levanta, ellos también. Otros ocho policías están apostados en diferentes lugares de la sala del tribunal: es dos veces el número de visitantes, la mayoría de las veces. Un equipo de reacción inmediata espera en un cuarto especial ubicado en el sótano, y más allá de las barreras de concreto dispuestas a la entrada, carros de Policía y furgones permanecen a la expectativa. Dos veces Muñoz Mosquera escapó de cárceles colombianas, una de ellas en un helicóptero que descendió en picada sobre el patio de la prisión.

Pistas en clave Al instruir el proceso contra Muñoz Mosquera, Pollak y el agente de la DEA, Sam Trotman, comenzaron a trabajar con números telefónicos y nombres en clave que aquél llevaba consigo en el momento de su captura. Ellos buscaron testigos en las cárceles estadounidenses, en procura de nombres vinculados al cartel de Medellín. Su primer éxito lo lograron cuando un ex traficante en drogas distinguió a Muñoz Mosquera dentro de un grupo en una fotografía. Lo evocó como un jovencito de 16 o 17 años que, pistola en mano, solía supervisar el cargue y descargue de remesas de droga, en Colombia. Uno por uno, los testigos hicieron recuentos del reo en diversos papeles, contribuyendo así a la expansión mundial del cartel. Dice Wilkinson: Hablamos con muchos testigos que nos dijeron lo mismo sobre Muñoz Mosquera. Se trataba de personas que no pudieron conocerse ni hablar entre sí .

Un prisionero federal les habló de Jimmy Ellard, el piloto que proporcionaría el testimonio clave para el proceso. Cuando Pollak entrevistó al texano, él le aseguró que podía involucrar al reo con la explosión del avión de Avianca. Hasta entonces, Pollak y los demás de su departamento, ignoraban todo lo de esa explosión. Ella se puso en contacto con el cuartel general del FBI en Washington, D. C., y obtuvo el expediente sobre el no resuelto crimen.

Después de oír a Ellard, Pollak incluyó la explosión en la lista de cargos contra Muñoz Mosquera. El 13 de agosto de 1992, hizo arrestar a Muñoz Mosquera por segunda vez, con 13 sindicaciones por narcotráfico, crimen organizado, asesinato y terrorismo. Los testigos estaban preparados para declarar que Muñoz fue el cerebro que urdió la explosión del avión a reacción, y que organizó, también, el ataque con cohetes contra la embajada estadounidense en Bogotá, así como el atentado dinamitero contra la sede del DAS, que causó la muerte a más de 80 personas. Por razones estratégicas, Pollak decidió que la fiscalía debía concentrarse en la explosión del avión de Avianca.

Frente a estos nuevos desarrollos, Muñoz, al principio, trató de llegar a un acuerdo. Por entonces, Escobar había sido arrestado por funcionarios colombianos, pero se había escapado. Muñoz ofreció ayudar a encontrarlo, pero súbitamente se arrepintió. No veía cómo podría Estados Unidos juzgarlo por delitos cometidos en Colombia. Realmente, si Pollak adelantaba el caso con éxito, ésta sería la primera condena en el país bajo un estatuto de 1986 que extendía la jurisdicción federal hasta los asesinatos de ciudadanos estadounidenses en el extranjero. Sería, así mismo, un significativo estímulo para los funcionarios judiciales frustrados por los narcotraficantes que operaban impunemente desde Colombia.

Usted, en alguna época conversó con alguien sobre la intención de hacer explotar un avión? , pregunta Pollak.

Ellard describe cómo, en agosto de 1989, en una reunión en la hacienda Nápoles, Escobar le mostró un dibujo de un DC-6. Recortando uno de los tanques de combustible en un ala, por el extremo, y rellenándolo con cocaína, Escobar podía transportar mil kilos de una vez. El necesitaba una capacidad mayor para captar el activo mercado de la ciudad de Nueva York. Pero, mintiendo sobre el verdadero objetivo de sus preguntas, le dijo a Ellard que también necesitaba una forma infalible para evitar que sus pilotos hablaran en caso de ser interceptados por las autoridades. Escobar sabía que aviones estadounidenses de patrullaje generalmente seguían a los aviones sospechosos hasta sus lugares de aterrizaje. El le propuso convertir sus aviones en trampas explosivas y quería saber dónde ubicar la dinamita.

Discutimos el tamaño del avión y si debía ser presurizado o no, cuestión de suma importancia , dice Ellard. En un avión presurizado sólo se necesita una pequeña cantidad de explosivos. Estos hacen un pequeño agujero, pero cuando el aire del interior sale súbitamente, rompe todo el costado del avión. Una pequeña cantidad de plástico destruye por completo un avión, si éste se encuentra a buena altura .

Dónde le dijo usted a él que pusiera la bomba? , pregunta Pollak.

Entre el borde delantero y el de tensión, cerca del ala del avión. Los tanques de combustible están próximos al fuselaje, junto con el sistema hidráulico, el tren de engranajes, así como los mecanismos eléctrico y electrónico de aviación. Si una pequeña explosión ocurre en esa área específica, rompe los tanques de combustible, o dobla las alas .

Pollak y Wilkinson quedaron satisfechas con el desempeño de Ellard frente al jurado. Su información sobre la ubicación de la bomba explosi va concordaba con lo que expertos del FBI ya habían dicho en testimonios previos. Ellard contrarrestó los vigorosos esfuerzos de la defensa para presentarlo como un mentiroso habitual que decía o hacía cualquier cosa por su propio provecho, un hombre que había tenido más de una docena de sobrenombres, que había incurrido en bigamia, que no se había detenido ante nada para amasar y disfrutar las riquezas de su negocio: una finca de cinco millones de dólares en Montana, una cuadra de caballos de raza fina, avaluados en millones de dólares, y cuentas bancarias en todo el mundo.

Sin embargo, la prueba era, en el mejor de los casos, circunstancial. Ellard no había dicho que Muñoz, experto en explosivos, se había involucrado directamente en el atentado contra la nave de Avianca. Y Ellard había rendido el mismo testimonio en el primer juicio, el cuál, evidentemente, no convenció a todos los miembros del jurado. La fiscalía necesitaba a alguien otro elemento del cartel que pudiera corroborar lo dicho por Ellard y que comprometiera directamente a Muñoz Mosquera.

Espere mañana el juicio final.

Traducido de Princeton Alumni Weewkly por Luis E. Guarín G.

Fuente: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-380359

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